Mikel
No podré guiarte a donde no haya ido yo primero.
Hoy es un escrito profundamente especial. No solo se cumplen 200 Momentos de Tranquilidad, este lo dedico a mi segundo hijo que nació hace tres semanas.
Gracias a ti, por acompañarme en este viaje.
Escúchalo narrado por mi en Spotify, aquí.
Sesenta horas después del segundo encuentro con hombres notables naciste tú. Ahora, hagamos un retorno a la memoria del hombre en quien me estoy convirtiendo para recibirte.
Tu madre, tu hermano y yo nos enteramos de tu concepción inmersos en la selva mexicana, celebrando nuestro cuarto aniversario. Ese día, mi mundo interno cambió para siempre.
Sentí emociones que no tienen nombre porque están desnudas de palabras. Agradecí la responsabilidad de ser elegido una vez más. Abracé a tu madre y besé su vientre. Cargué a tu hermano, lo vi a los ojos y, en su profunda mirada, comprendí que desde ese momento mis días de padre de un solo hijo ya estaban contados.
Navegué los primeros meses con el intenso entusiasmo que te encamina a vivir una nueva aventura, y con la incertidumbre de no saber a dónde te llevarán los siguientes pasos.
Hace dos años nacimos como familia y, como toda experiencia te da en la misma medida que tú te das a la experiencia, apenas voy comprendiendo que mi mayor desafío evolutivo es la creación consciente de mis pensamientos, creencias y valores para facilitar un camino propio a los dos niños que me eligieron como su guía para la vida.
No podré guiarte a donde no haya ido yo primero.
Mi hermano, Victor Saadia, lo escribió impecablemente en su Momento de Tranquilidad, “El Rey de su tablero“:
— “El Rey sabe que su rol no es mandarle sus movimientos, diseñarle su vida para que evite tormentas y enfermedad, o más bien, para que él mismo evite las tormentas de ver a su vástago enfermar. Sino, con toda la fuerza de su instinto de rey, sabe perfecto que su rol como padre es solo el de mostrarle el tablero que tiene enfrente. Porque todo rey sabe que cada peón es rey de su propio tablero.”
Esa es la diferencia entre ser papá y convertirte en padre.
Para el que se entrega por completo, la paternidad es la aventura sin final más transformadora y significativa en la vida de un hombre.
Tu nacimiento elevó a una dimensión superior el significado, el sentido y el propósito de mi misión. Una misión que, al caminarla, me exige crearme a mí mismo.
El verdadero legado de un padre no está en un apellido, una cuenta bancaria o una empresa. Es una forma de mirar el tablero —la vida misma— y, para bien o para mal, esa mirada puede sobrevivir cien años.
Imagina un niño que nació con todo: apellido, dinero, empresa y oportunidades. Pero también con una mirada marcada por el machismo, el alcoholismo y la prepotencia. Su papá creía que el trabajo interno era para los locos y nunca miró hacia adentro. Aun así, le dio a su hijo lo mejor que el dinero pudo comprar: viajes, educación, contactos y una empresa.
Años después, el hijo se casó y tuvo a su primer hijo. Al principio todo fue amor, ternura y plenitud, hasta que apareció lo no resuelto: machismo, alcoholismo y prepotencia. La misma forma de “ser hombre”.
Pero esa historia no empezó con su padre ni con su abuelo. Inició con su bisabuelo: un niño golpeado por un papá alcohólico y, sin saberlo, convirtió su dolor en su forma de mirar la vida, y esa mirada en su herencia.
Esa vivencia dio al bisabuelo las más profundas razones para ser como fue y hacer lo que hizo. No lo justifica, pero explica por qué desarrolló esas creencias, pensamientos y valores que, sin desearlo, heredó a tres generaciones.
La huella del bisabuelo sembró una forma de mirar la vida que, cien años después, sigue educando en silencio.
¿Y quién es el responsable? ¿El alcohol? ¿El golpeador? ¿El bisabuelo? La realidad que pocos se atreven a ver es que la responsabilidad es de quien puede hacer algo para cambiarlo: el bisabuelo, el abuelo, el nieto y el bisnieto.
Si un hombre de ese linaje hubiera deseado una mejor vida, se habría aventurado con coraje a descubrirse y crearse a sí mismo hasta convertirse en hombre.
Historias así pasan en todas las familias, aunque no haya violencia.
El padre con mentalidad de escasez que formó hijos que ven amenazas donde hay oportunidades. El padre con ambición desmedida que formó hijos que no conocen la palabra “suficiente”. El padre con miedo a vivir que formó hijos esclavizados a lo que “les tocó vivir”.
Lo sé por mi propia experiencia en el camino tan complementario y, al mismo tiempo, tan distinto al de tu abuelo, que vengo creando para mí. Sí, trabajo en una de sus empresas; y, a la vez, mi propio camino me está haciendo el guardián del propósito que en tres generaciones no se mencionó, pero siempre existió.
Nunca imaginé que mi vida terminaría viéndose así, pero la práctica de esculpir mi propio Ser me llevó por lugares que jamás busqué.
La paternidad la vivo por vocación y vendo tranquilidad en forma de seguros. En la música electrónica descubrí la meditación en movimiento. Escribo para comprender mis experiencias y compartir lo que comprendo. La semiología me enseñó a observar y reinterpretar los significados de mi mundo interno. Y una medicina ancestral me reveló el Camino de la Mente al Corazón: el llamado interno de mi corazón, que comparto con una hermandad de hombres que caminan con una mano en el corazón y otra en los huevos.
Los últimos años he pensado que estas vidas no podrían convivir; ahora entiendo que son la misma vida: mi vida.
También he sido testigo del vuelo de otros que han elegido su propio camino. Por ejemplo, acompañé al Gran Águila Real, tu tío Javier Morodo, cuando ganó la Gran Batalla y rompió el patrón generacional destructivo del linaje de hombres en el que nació.
En la vida viviremos experiencias no elegidas, pero siempre podemos elegir qué significado les damos en nuestro mundo interno. Ahí empieza la responsabilidad.
Por eso, decidí aventurarme con la fuerza y el coraje del corazón adonde nadie en nuestro linaje había ido antes, y regresé a integrar el mensaje para facilitar un camino de autoconocimiento a tu hermano y a ti.
Conocernos a nosotros mismos es el camino a la plenitud en la vida cotidiana. Sería imposible crearme a mí mismo sin partir del cimiento que me dieron mis padres. Como me enseñó tu otro tío, el Zorro Plateado (Raúl Romero), los integras con su luz y su sombra, pero sin confundir tu identidad con la de ellos.
Tú no eres tu mamá. Tú no eres yo. Tú eres tú.
Mi mayor deseo no es que te parezcas a mí, sino que descubras quién tú eres realmente.
Crearme a mí mismo ha sido un viaje iniciático que me ha llevado a recordar tres cosas: de dónde vengo, quién soy y para qué estoy aquí.
Lo primero, para saber de dónde vengo, aprendí a agradecer.
Agradecer a mis padres, agradecer a mis abuelos, agradecer a mis ancestros.
Agradezco a tu abuela Gaby por ser mi portal para la experiencia humana. A tu abuelo Miguel por ser el espejo dorado que refleja mi luz y mi sombra. A tu bisabuelo Miguel por su coraje para aventurarse a lo desconocido. Y a tu tatarabuelo, José Guillén, por entregarse a la vida al grado de morir fusilado por sus ideales.
Uno tiene que saber de dónde viene para saber a dónde va.
Agradecí y descubrí que el que agradece no se equivoca. El que agradece pone su vida en perspectiva. El que agradece tiene el poder de resignificarlo todo.
Lo segundo, del Halcón Peregrino, el místico animal de poder que me guía, aprendí que en mis alas llevo mis sueños. Y para descubrir quién soy, me elegí a mismo, abrí las alas y levanté mi vuelo.
Elegirse a uno mismo significa crear y andar tu propio camino.
Rumi, el poeta y místico sufí, se lo dijo al Universo hace 900 años:
— “As you start to walk on the path, the path appears.”
Fue un desafío entregarme y confiar en mi propio camino, hasta que descubrí que el camino sabe más de mí que yo mismo.
Un día llegué a un punto de no retorno y el camino me confrontó antes de dar el siguiente paso: ¿Por qué creo lo que creo? ¿Por qué pienso lo que pienso? ¿Por qué valoro lo que valoro? ¿Es verdaderamente mío, o de quién es?
Por eso, en el caminar de las preguntas existenciales sin respuesta, me he venido creando a mí mismo. No encontré mi camino antes de empezar; lo encontré al caminar. Ha sido un viaje que ha exigido mi absoluta entrega, intención y presencia, porque me recordó la misión que le fue dada a mi corazón.
Y lo tercero, descubrí para qué estoy aquí al entregarme a la misión de mi corazón: el Camino de la Mente al Corazón.
En este camino comprendí que el corazón solo reconoce un guía: el Amor.
En mi última ceremonia tuve una experiencia mística: vi a Jesucristo, el Padre Eterno y Hombre Libre de Pecado, encender la llama de su antorcha a hombre libre y servidor de su mensaje.
Aún sigo procesando el significado de ese llamado, pero en ese Momento de Tranquilidad comprendí una de sus divinas enseñanzas:
El milagro de los hombres no es el amor, es compartir el Amor.
El Amor no existe en abstracto, no es un vaso que regalo con Amor adentro. Existe en el acto deliberado de soltar la coraza del corazón para entregar el Amor en el beso que doy a tu madre, en el abrazo a tus abuelos y en el “aquí estoy” a tu hermano.
El Amor transforma al que ama. El Amor todo lo puede porque en el Amor todo cabe. El Amor me liberó de mí mismo y comprendí que somos instrumentos al servicio del Amor de Dios.
Mikel, nunca olvides que el Amor es la verdadera medicina y la llevas para siempre en tu corazón.
Continuará…
— MGD
PD: La vida no se limpia por fuera, se limpia por dentro.



