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Me gusta vivir la vida como una misión dada desde lo más alto.
Por eso, para Burning Man tenía tres misiones por cumplir en cuatro días.
La primera era consagrar el pacto del Triángulo de la Hermandad. La segunda y la tercera forman parte de una misión superior que, de cumplirla, será el camino mostrándome que sabe más de mí que yo mismo.
Para cumplirlas, me comprometí a la autoobservación constante de mi actitud al explorar el inabarcable misterio del desierto.
Puse especial atención en mi prisa interna para comprender que el lugar, la configuración de personas o la conversación de cada momento eran lo que tenían que ser para intensificar mi nivel de presencia.
¿Por qué? Porque, a mayor presencia, mayor intensidad y satisfacción de la experiencia.
Además, a mayor nivel de presencia, más fácil sería silenciar la voz de mi prisa interna cuando me susurrara:
—Ya va a empezar el set de Rafael y estás a 20 minutos.
Y, entonces, responderle como Gandalf a Frodo cuando llega a la Comarca:
—Un mago nunca llega tarde, Frodo Bolsón, ni pronto; llega exactamente cuando se lo propone.
Sin prisa interna, la intuición dictaría el ritmo, haciendo de cada momento un presente.
El domingo por la noche me reencontré con un amigo que todavía no sabe que lo convocaré a Mente al Corazón. En la madrugada exploré el arte yo solo y reflexioné sobre mi camino. En la mañana exploramos juntos Black Rock City sin destino, hasta recordar el pacto de la Hermandad. Y la madrugada del martes nos abrazamos, bailamos y seguimos la música hasta el amanecer con Rafael en Maxa.
Durante su set, Rafael creó una atmósfera que subía y subía sin parar. La sentí tan sofisticada que quise compartirla y, a los hermanos que me encontré, les dije:
—Para mí, el set que promete definir este Burn será el de Rafael de 4:00 a 8:00 a. m. en Nova. Será el único en tocar cuatro horas de la noche al amanecer. Busca los láseres morados apuntando al cielo.
La noche del martes, Arturo y Javier tomaron una power nap y, en un papel, les dibujé un mapa con mi plan desde las 22:30 hasta las 8:00. Vería a Eduardo Castillo dos horas, a Amémé tres horas y a Rafael cuatro horas.
Vi el plan y pensé:
— No mames… Es inmejorable. Es la noche para crecer en el placer. Es la noche para revivir el zenit.
Salí de Discosmos (nuestro camp), me aventuré al misterio de la noche y, en tres minutos, pasaron dos cosas que cambiarían su ritmo:
Mi e-bike dejó de funcionar.
Se desató una tormenta de arena.
En ese momento recordé que los planes son para cambiarse.
Me aventuré y experimenté por primera vez una tormenta de arena de esa magnitud. La noche era sumamente oscura, sin la fiesta de colores que la caracteriza. No podía ver tres metros adelante de mí. El viento soplaba con fuerza en todas direcciones. No sabía si seguir hasta el destino, buscar refugio o esperar ahí.
Como el Búfalo, atravesé la tormenta para escuchar a Eduardo Castillo y Amémé. Y, al llegar, continuaron los giros inesperados: Eduardo Castillo no iba a tocar.
Inmediatamente, mi imaginario me susurró:
—Ves… Todo por tu “perseverancia”: ya estás empanizado, cruzaste la tormenta pudiendo atropellar a alguien o ser atropellado, tiraste a la basura unas sagradas horas de sueño y Eduardo no llegó.
Me invadió un sueño que me llevó a sentirme derrotado en un sofá. Movía la cabeza con los ojos cerrados para aparentar que estaba conectado con la música y no quedarme dormido.
Ese pinche sofá me tragó. Me confrontó. Me cuestionó.
—¿Para qué estás aquí?
Me detuve, me autoobservé, entré al juego y me respondí:
—Para recordar que, cuando vives tu propósito y ofreces tu regalo al mundo, todo es posible.
Así que, en lugar de activarme como aprendí con Tony Robbins, me permití descansar sin pena. De la nada, unas manos me hicieron un masaje en la espalda y el cuello que me llenó de energía para el desafío por delante.
Cuando terminó el masaje, abrí los ojos y vi a una señora como de 50 años. Le sonreí, le agradecí; ella solo me sonrió y se fue.
“Playa provides”, pensé.
Vi mi reloj y faltaban 10 minutos para Amémé. Emprendí el camino a través de la tormenta y, cuando llegué a la fiesta, Amémé tampoco estaba.
Por un segundo casi pierdo, pero me detuve y pensé:
—Estoy viviendo lo que tengo que vivir. Confía en el Gran Mecanismo. Chance aquí me reencuentro con Emma Watson y continuamos la conversación de Mente al Corazón.
No llegó Emma Watson, pero sí llegó Amémé.
Y, todavía más significativo, de pronto me tocaron el hombro: era mi Gran Hermano, Javier el Águila Real. Eso significaba que había atravesado la tormenta solo para compartir esa noche juntos.
Bailamos, lloramos, nos abrazamos y nos conectamos con la fuente mientras Amémé nos llevó en un viaje musical de tambores, ritmos africanos y melodías emocionales.
Al terminar, tomamos nuestras bicis y le dije:
—Hermano, ahora sí prepárate para cuatro horas de Rafael hasta el amanecer.
La tormenta seguía y estaba más violenta que cuando llegamos. La temperatura ya estaba cercana a los 0 °C. Y, por más que buscáramos los láseres morados de Nova en el cielo, no se veían a cinco metros de distancia.
El Man, el templo, el arte y sus colores no se veían por ningún lado. Solo veíamos arena volar en todas direcciones. Por momentos parecía un desierto fantasma. No teníamos idea de en qué nos estábamos metiendo.
Pedaleábamos hacia Nova, seguíamos la música cercana y, cada vez que llegábamos a una fiesta, no era Rafael quien tocaba. De pronto, por seguir la música sin sentido de orientación en la tormenta, cruzamos de un extremo al otro sin saberlo y terminamos en el camp.
—No puede ser. La tormenta nos está haciendo experimentar la ley de la aviación de 1 en 60, pensé en silencio.
Por cada 60 millas que vuela un avión, un error de un grado en la dirección representa una desviación de una milla respecto a su destino. No volábamos en un avión ni recorrimos 60 millas, pero la nula visibilidad nos desvió hasta regresarnos al punto de partida.
Además, por asumir que el plan sucedería tal cual lo diseñé, no llevé mi abrigo, pensé que no dejaría de bailar. Ahora el frío era casi insoportable.
—Hermano, acompáñame por mi abrigo al camp.
Se lo dije a Javier y, en un segundo, me retracté.
—Mejor no, ahorita encontramos a Rafael y me pongo a bailar.
Para ese momento, llevábamos más de 90 minutos buscando a Rafael y decidimos entrar de nuevo a la tormenta. La promesa de ese set era tan grande que pensé:
—En ese amanecer estaremos los que hayamos perseverado para estar ahí.
Por momentos perdía de vista a Javier porque mi e-bike no servía. La arena hacía pequeñas montañas difíciles de sortear. Sentía las ráfagas de viento frío como alfileres clavándose en mis brazos y me prometí no volver a aventurarme sin abrigo en Burning Man.
También me sentí apenado con mi hermano.
Estaba confundido: no sabía si hacerle atravesar una tormenta durante tres horas sin llegar a ningún lado era necedad o perseverancia. A eso se sumaba la frustración de una expectativa que no sabía que tenía hasta enfrentar la posibilidad de que no se concretara.
Hasta que decidí ser flexible y rompí mi regla de ser guiado por el misterio de la noche. Saqué mi celular y busqué Nova en el mapa.
Y cuando finalmente llegamos…
No había nada.
La fiesta no pasó.
El journey de cuatro horas se canceló por la tormenta.
Volteé hacia arriba y pensé:
—V*****, tuve a mi hermano tres horas en una tormenta de arena, buscando con mi jodida e-bike una fiesta que no pasó mientras me cagaba de frío.*
No sabía si pedirle perdón, irnos a dormir o cómo agradecerle que me hubiera acompañado toda la noche. De un segundo a otro, pasamos de estar en lo más alto con Amémé a un desafío físico y mental que exigió la aceptación de la realidad.
No había tiempo que perder. Le pedí que fuéramos hasta el camp por mi abrigo y lo acompañé a la fiesta a la que quería ir.
De camino sentí el bajón de energía, consecuencia de la privación de sueño. Al llegar a la fiesta, nos fue difícil entrar y no resonamos con la música. Esperamos hasta ver juntos la salida del sol y, como era mi último día completo, decidí irme a dormir antes de mi shift.
Nos abrazamos, nos reímos de la misión fallida y nos despedimos. En los 40 minutos de camino al camp asimilé la experiencia de esa noche.
Cuando me niego a aceptar el principio de realidad, el problema se convierte en una problemática. Me subordino a las emociones negativas que me genera y termino sufriendo la realidad en lugar de utilizarla para evolucionar.
La aceptación requiere atención para reconocer el momento en el que estoy, sin negarlo o quererlo cambiar. Entonces, cada vez que acepto el principio de realidad, practico la aceptación radical y la transformación creativa del significado que doy a la experiencia.
Es fundamental porque lo que vivo no es el hecho, sino su significado.
Seguí terapeándome camino al camp. Le sonreí al sol y me reí en voz alta de lo impermanente que es la experiencia entre una fiesta y la siguiente en Burning Man, o entre un día y otro en la vida cotidiana.
Simplemente nunca sabemos, porque ante el Gran Misterio de la vida solo D-ios sabe…
Justo cuando creí librarme del “you don’t get the burn you want, you get the burn you need”, el desierto me regaló esa tormenta. Me tardé, pero lo acepté y logré la transformación del significado mientras la experiencia seguía viva.
Acercándome al camp, escuché música que me llamaba con fuerza y tuve la intuición de que algo importante estaba sucediendo ahí. Me estacioné a dos camps del nuestro, me acerqué a ver quién estaba tocando y…
¡PUMMM!
Era Rafael.
Tomé agua. Me quité el abrigo. Me llené de energía y me fui a celebrar.
No podía asimilar la perla que aquella experiencia me había regalado. Comprendí que la necedad había sido aferrarme a que la noche sucediera como la imaginé, mientras que la perseverancia es la constancia que mantiene vivo el entusiasmo.
No importa si estás en el nivel 10 e inmediatamente bajas al nivel 2. Lo importante es no perder el entusiasmo porque nos conecta con lo que da sentido a nuestra vida.
Y, como tenía que compartirlo, corrí al camp a invitar a personas a bailar, pero solo había una mujer. La invité, me acompañó y de ese encuentro nació una nueva relación y un enlace crucial para la misión superior que este año me llevó al desierto.
Una hora después llegó Javier, nos abrazamos y los tres juntos escuchamos la última canción de Rafael.
Agradecimos la experiencia porque el que agradece no se equivoca y nos fuimos a dormir.
— Mike
PD: Antes de dormir pensé en las consecuencias de ir por la vida con nula visibilidad, como en la tormenta…
PD2: PD: ¿Quieres descubrir lo que realmente es Burning Man más allá de lo que ves en Instagram? Aquí mi experiencia del 2025.
Solo D-os sabe…
La semana pasada, mi amada esposa compartió su primer Momento de Tranquilidad.
Muchas personas se conmovieron hasta las lágrimas. Otros vieron su reflejo en la descripción de su historia. Algunos comprendieron a mayor profundidad el significado de un embarazo, un parto y la dualidad en la llegada de un bebé.
Seguramente tiene algo para ti.





Lo importante no es el destino, ni tampoco el camino, sino con quien se comparte querido hermano halcón 🫶