¿Arrogancia o grandeza?
Ver a los otros con ojos de aprenderles
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Isra Bravo puso una lona en una de las principales calles de Madrid para promocionar su nuevo libro.
La lona cubre cinco pisos de un edificio con su gigantesco retrato sin playera y una sola palabra en rojo: “Arrogante”.
Por si fuera poco, dice:
“Es imposible no triunfar en esta vida con la cantidad de gilipollas que te rodean.”
“El escritor disléxico que descargaba camiones con +100,000 libros vendidos.”
Hace unas semanas compartí “Asume tu grandeza”, una verdad que nació en un círculo de palabra de Mente al Corazón IV con 14 hombres. Esta lona es la prueba viviente de lo que escribí.
Hablar de nuestra grandeza, esa misión que, creamos o no, llevamos dentro y nos hace diferentes, se percibe como arrogancia, soberbia y mamonería.
Mira la lona:
¿Qué tal este nivel de arrogancia? ¿Qué pensamientos y emociones emergen al verlo? ¿Y qué pasa adentro?
Nos envenenamos con celos, juicios y envidias.
¿Será porque al ver a otro descubrir, asumir y compartir su grandeza, proyectamos lo que más deseamos y no tenemos, atrapados en la jaula de nuestros miedos?
Yo me he envenenado con mis juicios, mis celos y mis envidias.
Cuando otro se ligó a la que me gustaba en secundaria. Cuando un DJ que no tocaba a mi nivel la rompía porque producía su propia música. Cuando un hombre me hablaba de propósito y sentido, y yo no entendía nada.
Todo eso era una proyección de los conflictos internos que tenía conmigo mismo. Es difícil reconocer la grandeza ajena cuando no nos hemos reconciliado con la propia.
Nos da envidia reconocer al que triunfa en sus propios términos, porque aunque esa persona también tuvo miedo, se atrevió a vencerlo.
Se atrevió a confiar. Se atrevió a elegirse. Se atrevió a compartirse.
Yo tuve miedo.
Miedo a no cumplir la expectativa de mi padre. Miedo a no ser suficiente. Miedo a mi propio camino.
Y el miedo mayor: miedo a ser papá.
Hasta que un día, buscando entender el sentido de la vida, cuando recibí una segunda oportunidad, me reencontré con Don Pepe Ramos en una ceremonia de Ayahuasca.
Fue ahí donde, con la grandeza de su llamado interno, su inquebrantable compromiso y su impecable entrega al servicio de la mente, el corazón y el espíritu, me abrió el camino y perdí el miedo.
El miedo a decir “te amo” a mi padre.
El miedo a convertirme en papá.
Y el miedo a ser yo mismo…
Ahora, por mi casa, brinca y corre sin parar un maestro que acaba de cumplir dos años. Mi amada tiene 30 semanas de embarazo. Somos una familia aprendiendo a ser familia. Con luz y sombra. Con encuentros y desencuentros del amor. Con abrazos de paciencia y quejas de impaciencia.
Todo eso por el poder de una vida que toca profundamente a otra, a otra y a otra más.
Entonces, cuando Isra me mandó por mensaje las fotos de la lona para promocionar su nuevo libro… Ya no me envenené con mi envidia. No me di de baja de su mail diario. Tampoco pensé: “pinche pelón narcisista con una huella de abandono del tamaño de su lona”.
Esta vez se me enchinó la piel.
Cavó zanjas, cuidó strippers y descargó camiones hasta llegar a su noche oscura del alma y descubrir todo lo que no era él. Ese aparente recorrido sin sentido forjó su inquebrantable mentalidad. Una mentalidad que resignificó esa crisis en su máximo compromiso: dar a su hija de cuatro años el ejemplo de un gran padre.
En el amor por su hija recordó su Ser, y en su Ser, recordó su misión.
Sin importar la dislexia, la falta de credenciales sociales y las aparentes desventajas que escogió antes de nacer, se eligió a sí mismo y escribió sin parar hasta convertirse en el copywriter más influyente de habla hispana.
De cavar zanjas a escribir cinco libros.
De cuidar strippers a vender 100,000 libros.
De descargar camiones a comprender que cuando eliges vivir tu propósito y ofrecer tu regalo al mundo, todo es posible.
¿Cuántos miles de personas han sido inspiradas a transformarse por su historia?
Imagínate sentado en una banca de Madrid contemplando esta lona. ¿Te llevas una lección para la vida o sale tu sombra a despedazarlo con críticas y juicios?
Para mí basta con notar que, si un disléxico que descargó camiones ha vendido más de 100,000 libros y acaba de publicar su quinto libro, hay algo que está haciendo bien y eso merece atención.
Cuando alguien hace las cosas bien, escucharlo y observarlo es una herramienta de mentalidad y señal de humildad.
Isra y Don Pepe son ejemplos de personas entregadas con absoluta disposición y devoción a su misión en la vida. Saben que la grandeza se paga sin saber el costo, confiando en que valdrá la pena.
Al ver a las personas con ojos de aprenderles, nos quedamos con lo que nutre nuestro camino y ganamos una silenciosa ventaja ante los que no ven más allá de los juicios de sus conflictos internos.
Sin cada ser humano que se atreve a descubrir, asumir y compartir su grandeza, la humanidad no progresa. Nuestra grandeza nos espera en la misión que nos trajo al mundo y olvidamos al nacer.
Recordamos esa misión cuando con coraje emprendemos el camino interior hacia la oscuridad más profunda y dejamos que se revele como nuestra gran maestra.
Y, en ese momento, recordamos la misión heroica de dar lo que tenemos, dar lo que sabemos y dar lo que somos en al servicio de algo más grande que nosotros mismos.
No importa si es en la escritura, en la empresa o en el chamanismo…
La grandeza solo llega a quienes tuvieron el valor de ver todo lo que no son para recordar todo lo que sí son.
Cuando vivimos la vida con ojos de escribirla, la grandeza aparece en todo lo que nos rodea.
Te pregunto otra vez:
¿Quién es el arrogante?
¿El que nos priva de la misión que lleva adentro o el que la comparte como un regalo al mundo?
¿El que pone la lona o el que lo enjuicia?
— Mike
PD: Esta fue la señal para comprar y leer su libro “Arrogante: El Libro de Mentalidad de Isra Bravo”. Y escuchar su historia con Oso Trava aquí. Suscríbete a su mail diario para lecciones de la vida y las ventas aquí.
PD2: El próximo viernes compartiré la historia de cómo la esposa de un hermano multimillonario lo convenció de regalar dos departamentos de 600,000 dólares a sus huevones sobrinos. Todo está en la comunicación.




