Esta es la historia de dos pactos separados que se unieron para exigirme ser un mejor hombre.
Mientras lo lees, recuerda que toda experiencia te da en la misma medida en que tú te das a la experiencia.
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El 16 de octubre de 2021 tomé la decisión más importante de mi vida: comprometerme a compartir el camino con Karla.
Desde ese día vengo descifrando lo que su vida, mi vida y nuestra vida significan para mí. Cinco años después, sé que nuestra relación es el camino que me ha llevado al centro de mi Ser.
Conocí mi oscuridad y mi egoísmo en la infidelidad, y también mi luz al compartir mi camino de transformación.
Caminar junto a ella me ha mostrado quién verdaderamente soy.
No el escritor de Momentos de Tranquilidad. No el guardián del propósito de la empresa. No el Halcón que convoca a caminar de la Mente al Corazón.
Ella conoce al incongruente. Al impaciente. Al exigente.
Aun así, me sostiene dándome espejos para experimentarme a mí mismo de una forma diferente. Cuando me pongo cómodo, su feminidad brilla hasta iluminarme y mostrarme cómo ser un mejor hombre. Y, cuando le digo “voy a hacer esto”, confía en mí, me da fuerza y respeta mi libertad.
Caminar juntos por elección y no por obligación me enseñó una de las palabras más significativas de mi cosmovisión: compromiso.
¿Por qué?
Porque solo hasta comprometerte con alguien, con algo o contigo mismo podrás descubrir quién realmente eres.
En el camino descubrí que esa palabra unía dos historias que yo creía separadas: mi vida con ella y el pacto con dos hombres.
No podría honrar una Hermandad si antes no aprendía a honrar el compromiso con ella.
En estos 12 años caminando juntos, nuestra relación me ha guiado al máximo compromiso: la creación y recreación infinita de mi propio Ser.
Cuando la vida me dio una segunda oportunidad, asumí ese compromiso con el corazón para, antes de dar el siguiente paso, regresar a la pregunta: ¿Cómo voy a medir mi vida?
Entonces, ¿qué tiene que ver ella con la Hermandad?
Todo.
Si no sé comprometerme con alguien o conmigo mismo, ¿cómo puedo comprometerme con lo que exige una Hermandad para cumplir su misión?
Para mí, una Hermandad existe para honrar y cumplir un pacto celebrado antes de nacer.
La fuerza del pacto está en la Hermandad y la fuerza de la Hermandad está en el pacto.
Esta vez, un pacto me dio la fuerza y la sabiduría para trascender una crisis de pareja que me llevó al límite y cuestionó mi propio camino de la Mente al Corazón.
En febrero me fui a Valle Sagrado Paralelo con mis dos hermanos del Triángulo de la Hermandad.
La configuración es extremadamente improbable.
Uno tiene 54, otro 42 y yo 35 años. Cada uno tiene orígenes, familias e historias radicalmente distintas. Vivimos diferentes etapas profesionales y familiares. Cada uno está en su propio camino, pero los tres caminamos hacia el mismo lugar: la creación y recreación infinita de nuestro Ser.
Parecería que nunca debimos conocernos, pero el guardián de hermandades, Oso Trava, hizo lo que nadie hace como él. Los conocí con un año de diferencia, pero son las únicas dos personas a las que, el día que las conocí, les conté la historia del error que se convirtió en mi gran maestro.
Los tres caminamos el mismo error, y buscamos el reconocimiento y la validación en el lugar equivocado.
Para el viaje nos retiramos al bosque a escucharnos. Caminamos entre árboles, comimos del huerto, nos refrescamos en albercas naturales, profundizamos frente al fuego y cuestionamos nuestros caminos para reconocer si estamos viviendo la vida que queremos vivir.
Frente al abuelo fuego, compartimos con el mayor nuestras historias en Burning Man, su significado y la conexión con el asombro que nos dio. Hablamos de cómo nuestra cosmovisión se había expandido de una manera intransmisible por la profundidad de aquella experiencia.
Sin planearlo y sin ser una jugada de la sigilosa intensidad del Halcón, la conversación nos fue guiando hasta que se volvió demasiado obvio. Asentimos con la mirada y supimos que habíamos ido a ese lugar para que el bosque nos recordara nuestro pacto: ir juntos a Burning Man.
Solo de recordarlo se me enchina la piel.
Mientras eso pasaba, pensé:
—Hace cinco años no existían en mi vida. Después escuché sus historias en podcasts y deseaba conocerlos para aprenderles y tenerlos como mentores. ¡Cómo es la vida! Ahora estamos frente al fuego, como hermanos, recordando el pacto de ir juntos al desierto.
Con Karla embarazada, quise persuadirlos para ir en 2027, pero recibí un contundente no:
—Halcón, es el año del Dragón y es el año 1 (2 + 0 + 2 + 6 = 10 = 1 + 0 = 1). Es este año o no iré el siguiente.
Me fui a dormir con un problema por resolver:
—¿Cómo iré a Burning Man con un recién nacido que para entonces tendrá dos meses? Dejaré el pacto en manos del Gran Mecanismo.
Al regresar, cuando erróneamente lo consideré prudente, le conté a Karla nuestro pacto y la conversación no terminó del todo bien. Un sabio hermano Burner me dijo:
—Karla tiene seis meses de embarazo y solo tú piensas que en este momento le importa tu pacto para irte a Burning Man. Agarra el pedo, Halcón.
Su perspectiva me confrontó durante varias noches. Porque el llamado podía ser verdadero para mí, pero eso no obligaba a Karla a cargar con su costo.
Algo dentro de mí, que no puedo explicar qué es pero que ya reconozco con claridad cuando lo siento, sabía que teníamos que ir solo nosotros tres y que se revelarían el para qué y el porqué de habernos conocido.
Comprendí que, cuando un hombre conecta con la misión de su Hermandad, ir en contra de ella no solo significa traicionar el pacto y lo que viene desde antes de nacer, sino también traicionarse a sí mismo.
Como dice el hermano mayor, effortless, pero activando: hice lo que dependía de mí sin dar por hecho el desenlace. Compré el boleto y el vuelo, negocié flexibilidad con el fee del camp (Discosmos), rente bici y me preparé para ir.
Pero preparar el viaje no me daba derecho a realizarlo. El llamado podía ser mío; la decisión tendría que cuidar la realidad de la familia.
A las dos semanas de ese viaje tuvimos la IV entrega de Mente al Corazón. Ahí, mi otro gran hermano, con quien pacté ese camino, Don Pepe Ramos, me anticipó lo que venía al cantar:
—El hombre ahora recibe la semilla que viene a quemar todo lo que ya no tiene que estar.
Y así fue.
De marzo a junio vivimos la etapa más dura y desgastante que hemos tenido en los últimos cinco años. La semilla quemó y desintegró todo lo que la relación necesitaba soltar para evolucionar, pero fue mucho más desafiante de lo que imaginé.
El fuego encendió mi huella y, con ella, mis condicionamientos reactivos me ganaron y se manifestaron en la relación, a pesar de auto-observarme.
Le echaba en cara todo lo que hacía por la familia, buscando el reconocimiento que no me daba yo a mí mismo. Le reclamaba con una cuenta mental de quién hacía qué o quién hacía más, en lugar de dar sin llevar la cuenta. La culpaba de nuestra desconexión en un momento en el que veíamos a nuestro hijo transformarse en hermano mayor.
A pesar de saber que el mayor testimonio de amor a un hijo es la paciencia, llegó el día en que la perdí con él y me decepcioné de mi mismo.
Por momentos, la energía de la queja me volvía impaciente, intolerante y reactivo. Era una batalla constante entre realmente saber que puedo ser y hacerlo mejor, y no hacerlo.
La situación escaló y, en abril, cancelé un viaje muy significativo para mí; fue un putazo de realidad. Le fallé a un grupo de hermanos del que yo era presidente y al que, durante un año, le dije que “una persona era del tamaño de sus compromisos”.
Pocas veces me he sentido como me sentí ese día.
La negatividad me hundió en un laberinto del que no veía una salida cercana. Fue difícil para mí, pero me atreví a pedir ayuda. Me acerqué a hermanos que pasaban por situaciones similares. La situación no cambió hasta que llegué al límite que confrontó mi camino:
—¿Para qué todo tu camino si no puedes transformar tu relación con Karla antes de la llegada del bebé?
Fue justo ante esa pregunta cuando, perdido en aquel oscuro laberinto, toqué el límite y me observé como el creador de los significados destructivos que estaba viviendo.
Esa noche no podía dormir y, sin decírselo al Triángulo de la Hermandad, me comprometí ante Karla, mis hijos y ellos dos a ir al desierto a sellar nuestro pacto si, para cuando el bebé tuviera dos meses, nuestra relación había florecido y Karla podía tomar su propia decisión sin mi presión y sin cargar sobre los hombros el peso de mi pacto.
Invocarlos me recordó que, cuanto más sabes, mayor es tu responsabilidad de hacerlo mejor. Me sostuvieron para despertar, ser congruente y me exigieron ser un mejor hombre para mi familia.
Sabía que podía transformar el significado. Sé cómo hacerlo. Pero transformar el significado no bastaba: tenía que transformar mi forma de estar con ellos.
Dejé de convertir lo que hacía por la familia en una cuenta por cobrar. Dejé de pedirle a Karla el reconocimiento que yo no me daba, y me hice radicalmente responsable de mis palabras y mis actos.
Entonces hice lo que tenía miedo de hacer: cerrar el ciclo de la familia de tres y asimilar lo que nos había dado esa experiencia.
Desde el miedo, puse la mirada en lo que faltó, en lugar de enfocarme en lo que el ciclo sí me dio, agradecerlo y abrirme al nuevo ciclo con la semilla que llegaría a nuestra familia. En ese momento, el laberinto se iluminó y en la salida encontré el recuento de los daños.
El golpe más doloroso llegó cuando reconocí que, mientras una nueva vida crecía frente a mí, mis acciones me habían alejado y no había logrado encontrarme con ella. No construí con esa panza el vínculo profundo que sí viví con mi primer hijo.
Recuerdo irme a dormir y pensar: “Ya se quemó lo que se tenía que quemar y aprendí lo que tenía que aprender”.
Esa noche soñé con el Triángulo de la Hermandad en Burning Man. Sentí su abrazo y su acompañamiento.
Al despertar, el sueño no había resuelto nada, pero me recordó al hombre que había decidido ser.
Ese recuerdo resonó inmediatamente con Karla y, durante las últimas cuatro semanas del embarazo, nos quitamos los guantes, nos bajamos del ring y enfocamos nuestra atención y energía en todo lo que la vida sí nos estaba dando.
Un hermoso hijo de dos años descubriendo la vida con asombro. Un embarazo con un bebé y una mamá sanos. Una experiencia que nos hizo crecer como mujer, hombre, pareja, papás y familia.
Fue un regalo envuelto de una forma inesperada, pero necesario para recibir como queríamos a quien estaba por llegar. Cuatro semanas después nació Mikel y nuestra vida cambió para siempre.
Pasó la primera semana, la segunda y así hasta cumplir dos meses, y nos adaptamos a la nueva realidad de una forma imposible de imaginar semanas antes. Parecía demasiado bueno para ser verdad, pero fue lo que construimos después de todo lo que habíamos pasado.
Porque soy privilegiado y puedo, y porque así lo quise, desde que nació hasta este momento he trabajado desde mi casa. Decidí entregarme a la experiencia: los baños, los cambios de pañales, las desveladas, las juntas cargando un bebé o jugando con el otro, y vivir al máximo los primeros dos meses de la familia de cuatro que rápido se van y nunca regresarán.
Llegado el momento, le compartí el significado de esta Hermandad para mí y lo surreal que era que esto estuviera sucediendo cuando, años antes, le había compartido sus entrevistas para que los escuchara.
Le hablé de los llamados internos que encienden mi espíritu y mi alma, y de cómo, cuando sigo mi corazón, nunca me he equivocado.
Le dije:
—Amor, detente y piénsalo un momento… Vamos a ir a Burning Man los tres. Esta es una misión heroica, mítica y mitológica diseñada en la sala de operaciones estelares del Gran Mecanismo.
Me respondió:
—Ve, entréguense y tengan una experiencia inolvidable los tres.
Desde su libertad y desde la confianza que habíamos reconstruido, eligió sostener aquellos días a solas con un recién nacido y un toddler para que yo pudiera cumplir el pacto.
Traicionar el pacto con ellos habría sido traicionarme; intentar honrarlo a costa de mi familia también.
No podía creer que sí iría a la aventura. Ya le había fallado a un compromiso con otros hermanos. No iba a traicionarme otra vez al fallar al pacto que celebré desde la noche de los tiempos con ellos dos.
Las hermandades vienen desde otra línea del tiempo porque guardan los planes heroicos, míticos y mitológicos que trascienden el éxito medido en dinero, poder y fama.
Sus planes sirven a un camino de mucho mayor impacto: la expansión de la conciencia.
Toda hermandad es un compromiso sagrado porque te inspira a descubrirte y crearte a ti mismo mientras inspiras al otro a descubrirse y crearse a sí mismo.
Es un camino compartido hacia tu verdad: la congruencia entre lo que sientes, dices y haces.
En la hermandad guías y eres guiado. Confrontas y eres confrontado. Sostienes y eres sostenido.
Su fuerza tiene la capacidad de inspirar a tu corazón a cambiar, a aceptar, a agradecer y, más importante aún, a amar.
En una hermandad aprendes a amar a otro hombre que no es tu padre, tu hermano o tu hijo, y descubres que el amor es infinito.
Y cuando la hermandad ha sido consagrada, no es necesario que tus hermanos estén junto a ti para trascender tu desafío evolutivo. No fueron su escucha ni su perspectiva lo que me sostuvo, sino la fuerza de su significado, que me alineó a mí y a todo a mi alrededor para vivir juntos esta expansión de conciencia.
Llegar al desierto y abrazarnos después de 16 horas de viaje fue un momento inolvidable. Ya estábamos ahí; ahora tocaba iniciar la misión y recordar para qué nos había guiado el camino hasta allá.
Entre tormentas de arena, música electrónica, arte, luces y una expresión de máxima libertad y autenticidad, finalmente llegó el momento en el que el Triángulo, después de cuatro años, nos reveló su propósito.
Solo ahí recordaríamos el plan.
Solo ahí sellaríamos el pacto.
Solo ahí consagraríamos la Hermandad.
Lo que ocurrió pertenece al Triángulo de la Hermandad, pero puedo contarte lo que dejó.
Entramos tres hombres unidos por una historia y salimos reconociendo una responsabilidad: recordarnos quiénes somos cuando alguno lo olvida y sostenernos en la creación y recreación infinita de nuestro Ser.
No sé qué siga, pero estoy dispuesto a pagar el precio sin saber el costo, confiando en que valdrá la pena porque ahora sí sé que el camino sabe más de mí que yo mismo.
Y tú, de verdad, conócete a ti mismo para que, cuando la fuerza de un llamado interno resuene en tu corazón, te entregues a él sin dudarlo.
Ahí hay algo que dará plenitud y sentido a tu vida. Haz lo que tengas que hacer para que suceda. Confía: las piezas se irán acomodando, el camino se irá abriendo y los puntos se irán conectando.
Te lo repito: nos lo dijo Rumi hace 750 años:
—As you start to walk on the way, the way appears.
Hace cinco años esto no habría pasado ni en mis sueños más inimaginables; ahora todo lo que he venido haciendo cobra un sentido que todavía no he podido asimilar.
Y a tu hermandad, entrégale todo lo que tienes, lo que sabes y lo que eres.
—Mike
PD: Aquí puedes leer mi experiencia en Burning Man 2025: español o inglés.
PD2: ¿Quieres comprender qué es el Gran Mecanismo? Escucha este episodio.
Ceremonia Cósmica 01, 14 febrero 2026
Desde hace más de 15 años soy DJ.
En algún momento compartí el escenario con los más grandes, después elegí otro camino que me terminó llevando al mismo lugar.
Escucha aquí el set de 2.5 horas que toqué en la gran boda, inspirada en Burning Man, de Ceci y Juan Pablo (El Señor de los Hielos).






Majestuoso escrito querido halcón… todo se resume en esta poderosa y precisa palabra: HERMANDAD.