Escúchalo caminando o en movimiento dando clic aquí.
Esta semana mi hermano y mi mejor amigo fueron papás. Uno por segunda vez y otro por primera. Uno ya sabe que un hijo te obliga a perder el equilibrio y el otro está por descubrirlo.
La llegada de los nuevos sobrinos, los tres meses de Mikel y dos años y medio de Mateo me hicieron sentir la velocidad con la que pasa el tiempo.
Es como tener arena entre las manos y, a pesar de que la aprieto con todas mis fuerzas, aun así, grano a grano, inevitablemente se me escapa la vida de mis hijos y solo quedan los momentos más significativos.
Por más tiempo y presencia que les dé, no es suficiente. Su crecimiento me ha hecho comprender el valor del tiempo como nada ni nadie más lo puede hacer.
Algunos argumentan que el tiempo no existe, que es un invento humano o que todo sucede simultáneamente. Otros se preguntan qué es el tiempo. No tengo la respuesta, pero la naturaleza, con el código de las estaciones, me muestra el paso de algo llamado “tiempo”.
Toda vida tiene primaveras, veranos, otoños e inviernos que se repiten una y otra vez. Y cada estación lleva en sí misma las cuatro estaciones.
En mis hijos veo la primavera en la que, junto con nosotros, sus padres, están sembrando lo que los acompañará el resto del camino.
En mi caso siento el verano: la semilla germinó y ahora me pide comprometerme y entregarme al camino que sembré.
En algunos amigos veo el otoño en el que están cosechando lo que sembraron en su primavera y trabajaron durante el verano.
Y en mis padres veo la primavera de su invierno, donde el paso del tiempo es innegable. Ahora viven lo que sembraron en su primavera, vieron germinar en su verano y cosecharon en su otoño. Llevan consigo la experiencia que les dejaron las decisiones de su camino, y caminan con más pasado por detrás que futuro por delante.
Es duro, pero así es y no cambiará.
Lo único que podemos hacer para reconciliarnos con el pasar del tiempo es reconciliarnos con la muerte.
Algún día mis padres no estarán. Algún día yo no estaré. Algún día mis hijos tampoco estarán.
Y, algún día, tú tampoco estarás.
Michael Singer dice:
— Death is a great teacher, but who lives with that level of awareness?
Y sí, la muerte es probablemente la gran maestra que pone en perspectiva no solo el valor del tiempo, sino el valor de la vida.
Tuve que verla de frente para aprenderlo.
Por eso, para mí, haber vivido una experiencia cercana a la muerte durante la persecución y los balazos del intento de secuestro es, sin duda, uno de los tres regalos más significativos que me ha dado la vida.
Desde ese momento, mi forma de entregarme y relacionarme con la vida cambió por completo. Han pasado cinco años y, genuinamente, ya no recuerdo mi cotidianidad de antes por una sencilla razón: estaba dormido.
Sí, fue un despertar, pero no me iluminé. Desperté a una nueva primavera en la que sembré el supremo compromiso de descubrir para qué nací, asumirlo como mi llamado interno y ofrecerlo como mi servicio al mundo.
Llevar ese compromiso en el corazón y en el alma me mantiene lleno de curiosidad para que, a través de conocerme a mí mismo, descubra una y otra vez, en cada una de las estaciones, la intensidad, el sentido y la plenitud de la vida.
¿Cómo sabré si lo cumplí?
Lo sabré cuando llegue el invierno de mi invierno y anuncie el momento de aventurarme a lo que siga después de esta aventura y me acompañe una paz profunda por haberme entregado intensamente a la experiencia humana que me fue dada.
A dos años y medio de convertirme en padre, siento que el mejor ejemplo que les puedo dar a mis hijos es mostrarles, con mi camino, que la vida te dará en la misma medida en que tú te des a ella.
Lo mejor no solo está en los actos de coraje que simbolizan saltos evolutivos en nuestra línea del tiempo. También está en los momentos que mueren en el instante en que suceden, cuando veo a mi hijo sonreír mientras dice:
— “Juntos papá, juntos”
Con su madre, su hermano y él en mis brazos.
Es entonces cuando, viendo el paso de las estaciones en el crecimiento de mis hijos, comprendo con mayor profundidad el valor del tiempo, el valor de entregarse a la vida y de confiar en el orden caótico que implica la experiencia humana.
Lo vi en Mateo cayéndose por toda la casa y llegará el momento en que lo vea en Mikel: para aprender a caminar, hay que atreverse a perder el equilibrio.
Y es justo ahí, en la pérdida del equilibrio, donde está la intensidad de la vida.
En la decisión de un nuevo camino, en la decisión de un nuevo trabajo o, como en el caso de mi hermano y mi mejor amigo, en la decisión que, nueve meses después, se convierte en la llegada de un nuevo miembro a la familia.
Piénsalo… La naturaleza sabe que cada cambio de estación implica perder, ajustar y recobrar el equilibrio. Cada una trae consigo diferentes colores, sonidos y temperaturas que dan forma al ciclo de la vida, que perdura en un tiempo que no termina.
Honremos la vida que nos fue dada. Apreciemos la experiencia que tenemos enfrente. Y valoremos el tiempo, dado que para nosotros sí termina.
Al final, no importará con cuánta fuerza nos aferremos a la vida. Así como arena entre las manos, cada día que pasa, inevitablemente, se nos escapa un grano más.
— Mike




Querido Mike,
Gracias infinitas por estas profundas palabras que me llegan en un preciso momento de mi despertar…
Abrazo