Mikel
La maestría de la paciencia (2/2)
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Y hablando del Amor…
Cuando tengas miedo, detente. Cobíjate bajo el manto del Amor incondicional de tus padres y deja que su fuerza te muestre el camino.
Ese Amor ya te abrió paso desde el misterio del origen hasta el vientre de tu madre: ese sagrado lugar en el que la mujer guarda el supremo poder de la creación y el código perfecto de la naturaleza: la vida.
Tu madre te creó en su vientre. Mientras cuidaba a tu hermano, hacía ejercicio o dormía, te hizo tu cerebro, tu corazón y tus manos.
El embarazo, con su variedad de oleajes y mareas, desemboca en el parto: la Unicidad absoluta entre la mujer y la Divinidad. Y para mí, verte nacer e iniciar tu aventura por el mundo cambió mi vida.
Era imposible dimensionar de antemano la fuerza que me dio el Amor con la llegada de tu hermano y la tuya.
Un Amor que penetra cualquier coraza. Que libera la incondicionalidad. Y que con solo verlos nacer me enseñó el Camino de la Mente al Corazón.
Tuve miedo de no amarte como amo a tu hermano, pero en el instante en que te vi, sentí y comprendí que el Amor es infinito.
Ustedes dos llegaron a enseñarme cómo hacer de mi vida un camino de servicio.
Hace cuatro años sentí por primera vez toda la fuerza de ese llamado interno, y con él cambió la dirección de mi vida. No sé de dónde viene, pero sé que es real porque resuena cada vez con mayor certeza y fuerza en mi corazón. Y al igual que tú necesitarás hacerlo para aprender a caminar…
Para aprender este camino, tendré que atreverme a perder el equilibrio.
Porque todo llamado interno requiere algo crucial para caminarlo con el corazón en el lugar correcto: la paciencia.
Sin ella, siento que voy tarde, pero nadie me persigue. Siento que, si no avanzo rápido, me quedo atrás, pero no estoy siguiendo a nadie. Vivo con un pie en el futuro, creyendo que mi vida empieza más adelante y no aquí, donde de verdad sucede.
Eso es la prisa interna, y sé que no se cura corriendo más rápido.
Lo tengo tan identificado que, cuando nos enteramos de tu llegada, vi una gran oportunidad para perder el equilibrio y trabajar la paciencia.
—Amor, ahora sí: te pido que este bebé sea una sorpresa…
Le dije a tu madre.
Aceptó, y durante nueve meses no supimos si llegaría María Regina o llegarías tú.
La sorpresa era un símbolo compartido y personal para nosotros dos.
Para mí, lo primero fue elevar la intensidad de tu nacimiento hasta más allá del Absoluto. No solo era recibirte. Era descubrir, por fin, quién había decidido llegar con nosotros.
¿Por qué? Porque la vida solo es rica en experiencias.
Desarrollé la paciencia sin prisa, pero sin pausa. Poco a poco me fui percatando del cambio en mi actitud y en mi mentalidad ante ciertas situaciones:
— “Si puedo esperar nueve meses para saber si tendremos una hija o un hijo, puedo darle unos días a este correo a mis socios, puedo aprender a respetar los tiempos del otro como lo hace la naturaleza, puedo no precipitarme en mis acciones cotidianas, y así tomar decisiones sin prisa, con sentido y entusiasmo.”
Al principio, no mandar ese correo o ese mensaje, frenar, detenerme, se sentía como traicionarme a mí mismo. Pero al observarme y sentirme perdiendo el equilibrio, comprendí con mayor profundidad otra enseñanza del Zorro Plateado (Raúl Romero):
— “Lo que te trajo hasta aquí no es lo que te llevará a tu siguiente nivel.”
Conforme fui perdiendo más equilibrio, fui elevando mis niveles de paciencia ahí donde más trabajo me cuesta aceptar la realidad. La espera se hizo más llevadera y comprendí, en la experiencia de primera mano, algo que parecía ir en contra de mi naturaleza aguda, motriz y enfocada:
“La intensidad de la vida no depende de la rapidez de las acciones; depende de la precisión de las decisiones. Es decir: de su sentido.”
— Dr. Alfonso Ruiz Soto
Uffff, putazo.
Crecí condicionado a creer que entre más rápido voy, más lejos llego. Entre más hago, más valgo. Y entre más dinero gano, más reconocido soy.
Pero por crearme a mí mismo al esculpir mis pensamientos, creencias y valores, aprendí a preguntarme “¿Cómo voy a medir mi vida?”.
Esa pregunta llegó cuando parecía que los sicarios que me secuestraron iban a matarme. Y desde entonces sé que mi verdadero valor no está en lo que tengo, tampoco en lo que sé, sino en lo que soy.
Pero esa es una delgada línea. Puedo justificar mi mediocridad con el “así soy” y condenarme a no ser nadie por no ver más allá de mis condicionamientos ni emprender el camino del conocimiento de uno mismo.
¿Cómo podría descubrir y asumir mi verdadero valor si no sé quién soy?
Lo único que necesité para conocerme a mí mismo fue atreverme a comprometerme.
Comprometerme a esculpir con paciencia y persistencia mis verdaderos pensamientos, creencias y valores hasta el último día de mi vida. Y a no tallarlos en piedra, para estar abierto a cambiar de perspectiva cuando lo considere necesario y así evolucionar.
¿Y, entre otras virtudes, qué crees que sostiene un compromiso? La paciencia.
Ahora que tienes un mes de vida, en las altas horas de la madrugada me observo sin reaccionar, con ayuda de un mantra: “Esto puede esperar nueve meses más”.
Y es ahí, al ver venir hacia mí la bala de ese estímulo y esquivarla, cuando comprendo:
La paciencia es un testimonio del Amor.
Gracias a ella podré respetar tus tiempos, observar a qué te sientes llamado y tener el coraje de verte emprender tu propio vuelo a la libertad.
Y por eso vuelvo al principio. Porque antes de poder acompañarte en tu camino, esperamos pacientemente durante nueve meses para descubrir quién eras en la ceremonia que te trajo a la vida.
Después de la cesárea de tu hermano, tu madre se comprometió consigo misma a vivir su parto con plena entrega y confianza. La intención, la fuerza y el amor con los que lo hizo vivirán por siempre en mi espíritu.
La vi mirar al cielo y conectarse a Dios sin despegar los pies de la tierra. La vi entregarse, confiar y aprender a fluir en su Amor de madre. La vi atreverse a elegirse a sí misma.
Ante este acto de amor incondicional hacia ti, lo único que pude hacer fue acompañarla con mi total presencia y con música.
¿Por qué con música? Porque la música, en especial la música medicina, es un mapa para navegar por la vida.
Conforme la ceremonia de tu bienvenida se fue desplegando, a través de la música le di a tu madre diferentes mensajes para sostenerse a sí misma en el desafío más significativo de su vida.
Con paciencia di espacio a cada canción, pensando que nacerías en la siguiente, y en la siguiente, tratando de elegir para ti el mejor mapa para llegar a la vida.
Y, como siempre, el Gran Mecanismo ya tenía un plan que yo no habría podido imaginar. Naciste en una de las canciones que integran la tríada de mis retiros de Mente al Corazón.
Solo el nombre de la canción ya es una enseñanza de vida para quien está atento.
La canción se llama: “Sin Coraza el Corazón”1.
Y así fue: tocado por la Divinidad, te vi salir al mundo mientras escuchábamos a tu tío Álvaro, al Abuelo Turpial, cantarte:
— “Invoco la intención de la luz pura,
la semilla de los Budas que acompaña esta misión…”
La semilla de los Budas que acompaña esta misión. La semilla de los Budas. La semilla.
Al escuchar esa última frase, vi que eras niño y ese momento bañado en lágrimas quedó sellado para siempre en mi corazón.
En ese instante comprendí la espera de nueve meses. Sentí una vez más la fuerza de mi llamado interno elevar el significado y propósito de tu llegada para mi camino. Y confirmé mi visión de los retiros de Mente al Corazón y el trabajo de hombres.
La impresión de esta revelación era tan grande que no podía decirle a tu madre que eras niño, hasta que cobró pleno sentido que fueras tú y no María Regina, quien ahora me acompañará y me enseñará más de la misión que escogió mi corazón.
Una misión que descubrí cuando me perdí y seguí mi corazón. Algún día te perderás y no deberás tener miedo a seguir el llamado de tu corazón, porque tu corazón es lo único que nadie te podrá quitar.
Gracias por darme la maestría de la paciencia.
Te amo.
— Miguel G.D.
PD: Un día tu hijo contará la historia de cómo fue crecer contigo. Asegúrate de que sea una historia que valga la pena contar. Léelo de nuevo.
“Sin Coraza el Corazón” es una canción de la autoría del Maestro Germán Virguez de Ayahuapu.




