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Hace dos años un hermano perdió a su padre días después de su último viaje en familia.
El día de la gran pérdida caminamos alrededor de su casa y me compartió un hallazgo inesperado. Junto a su madre y sus hermanos se encontró con un baúl con más de treinta libretas en las que, escritas a mano, su padre narró los momentos y experiencias más significativos de su vida.
¿Por qué lo hizo su padre? No lo sé.
Lo importante es lo que significó: dar a su mujer y sus hijos la oportunidad de ver el mundo por la misma ventana por la que su padre lo veía.
Una ventana que permite conocer al hombre detrás del padre. Conocer al hombre detrás del esposo. Conocer al hombre detrás del amigo.
El hombre dejó a sus hijos una ventana a la historia de su vida.
Como la mayoría de los hijos, crecí con una expectativa sobre lo que mi padre debía ser. Nunca pensé en lo que él vivía en su mundo interno. Sentía que, contrario a tener problemas, tenía todo resuelto. La inocencia de un niño no le permite ver que su padre tiene una vida más allá de él.
En mi infancia fue mi superhéroe. En mi adolescencia lo convertí en el villano que no quería ser. Después trabajé mis conflictos internos para integrarlo con su luz y sombra. Y, desde que me convertí en padre, empecé a observar al hombre detrás del padre.
Ahora veo virtudes donde antes veía vicios, fuerza donde antes veía debilidad, disciplina donde antes veía obsesión. Todo padre fue primero un hombre. Entonces, para verdaderamente conocer a nuestro padre hay que querer conocer al hombre detrás.
Hasta hoy lo he hecho a través de la asimilación de un entendimiento y una práctica.
El entendimiento viene de la asimilación de algo que mi querido hermano, el Dr. Alfonso Ruiz Soto, expresó de una forma inmejorable:
“Toda persona tiene las más profundas razones para ser como es y hacer lo que hace.”
No son las mejores razones, son las más profundas. Y esas profundas razones son las mismas que tú tienes para ser como eres y hacer lo que haces.
Cuando escarbas lo suficiente en toda historia, incluidas las más oscuras, no solo las comprendes, sino que te das cuenta de que, si hubieras estado en su lugar, tú habrías hecho exactamente lo mismo.
Me ha tomado años sentir que empiezo a comprender el principio de lo que significa esa enseñanza, pero ha sido fundamental para entender a mi padre como ser humano.
La práctica es lo que he venido haciendo desde hace cuatro años como el padre de mi hermano: escribir(me) mi vida.
Cuando escribo mi vida, me (d)escribo a mí mismo.
Al mismo tiempo que soy el autor, soy el protagonista de la historia. También el lector, el escritor, el crítico, y en el camino edito y escribo con la pluma de mi conciencia, que invariablemente me deja claro que soy el único responsable de los significados que doy a las experiencias que voy viviendo.
Al escribir, te percatas de desde qué ventana estás mirando el mundo, comprendes tus profundas razones, emerge una nueva perspectiva y puedes transformar el significado.
A diferencia del papá de mi querido hermano, el mío no escribe. Si llegara su momento, no tendría libretas para descubrir las ventanas de su mundo interno. Lo que deja un solo camino: responsabilidad y acción, porque todo lo que quiera saber del hombre detrás del padre tendré que preguntárselo cara a cara.
También creo que mi hermano entregaría todas las libretas para tener una conversación más con su papá. Pero hay conversaciones que solo podemos y queremos tener con nosotros mismos y emergen en la intimidad de la escritura.
Creo que la clave está en desarrollar esta práctica que da sentido a nuestro camino, mientras, al mismo tiempo, deja a nuestros hijos y a los que vienen detrás el conocimiento más significativo que el camino nos dio.
Y si los que van por delante no están escribiendo, entonces, los que vamos detrás nos acercamos a preguntar y a descubrir cómo se ve el mundo desde sus ventanas para recibir su conocimiento mientras siguen caminando con nosotros.
Muchas veces he querido terminar con este compromiso y ritmo de escritura. Es difícil sostenerlo, extraer el significado y compartirlo, pero cuando quiero mandar todo a la chingada pienso en mis hijos y en que, independientemente de si me espera una larga vida o una muerte prematura, para todo hijo es un invaluable regalo poder mirar el mundo a través del corazón y los ojos de su madre o su padre.
Me imagino a mi amigo y sus hermanos leyendo esas libretas y, a pesar de que su padre ya no está, van redescubriendo al hombre detrás del padre y, desde donde sea que esté, ese conocimiento les dice:
“La vida los está esperando.”
Así como el padre de mi amigo lo hizo, así como lo he estado haciendo y así como lo platiqué caminando por Chapultepec con Isra Bravo: de lo más valioso que podemos hacer por nosotros y por nuestros hijos es vivir la vida con ojos de escribirla.
Ahora te toca a ti…
Tu vida está esperando que empieces a escribirla.
— Mike




Venga! Me gusta este texto. Lo siento mas cercano y real. Gracias por compartir que a veces te cuesta un huevo sostener este espacio, y gracias tambien por no soltarlo, asi nos sostenemos, if you can we can.