Diversión con propósito
El código de la primera generación
Hay Momentos de Tranquilidad que se leen y otros que te sientas a escuchar.
Escucha este en Spotify: aquí.
Los últimos meses del 2025 me cuestioné, como nunca, mi rol en Metrópoli.
¿Para qué estoy aquí? ¿Es por lealtad a mi padre? ¿Es parte del camino a mi propósito superior?
Las empresas familiares son un territorio psicológicamente complejo. Cuando son lideradas por dos familias con diferentes historias y visiones, la complejidad se multiplica. Hay egos silenciosos, visiones encontradas y comunicación fragmentada.
Heredas equipo. Heredas cultura. Heredas la forma de hacer las cosas.
Heredar una empresa no solo es recibir una estructura, también es recibir una forma de mirar. Y, a veces, para honrar lo construido hay que atreverse a ver lo que ya nadie ve.
Por eso, llegar sin experiencia al negocio es una ventaja al no tener integrado al mayor enemigo de la mejora continua: la ceguera de taller.
Ese hábito cultural que mecaniza el trabajo y desactiva el espíritu de mejora continua. Nos olvidamos de que los pequeños detalles hablan fuerte y claro, y dejamos las cosas para un mañana que nunca llega.
Como tercera generación, tenemos la confianza de hablar lo que muchos colaboradores no. Y en ese momento, inicia el drama y la resistencia al cambio por la diferencia entre las visiones de una generación y otra.
Es sumamente complejo entender que lo que nos trajo al nivel 2 no es lo que nos llevará al nivel 3, y actuar en consecuencia.
En medio de esta tormentosa tensión, me enfoqué en encontrar mi lugar no solo en la empresa, sino en la historia que elegí continuar. Sume valor en lo operativo, estratégico y humano. No hay nada que viva en lo personal que no termine llevando a la empresa.
Desde un programa Wellness con Alan Abruch, ScalingUp con Daniel Marcos hasta historias de inspiración pura como la de Arturo Lomeli y Clase Azul.
No todo salió bien, también me equivoqué porque, para sumar a lo ya construido, primero hay que saber comunicarlo.
La comunicación es y seguirá siendo un arte.
Es leer lo que no se dice en voz alta. Es identificar las fuerzas psicológicas invisibles en la dinámica empresarial. Es la lectura fina y precisa del momento.
La intensidad de mi deseo por mejorar la experiencia del cliente rebasó los límites de mi paciencia, y perdí de vista que la forma es fondo.
Un buen fondo (razón) puede ser arruinado por una mala forma (modos). La forma no solo acompaña el fondo, le da estructura y visibilidad, convirtiéndose en parte del fondo mismo. La forma y el fondo son los extremos de lo mismo: el mensaje.
Comprenderlo me ayudó a mejorar mi comunicación sin traicionar mi visión, hambre e impulso de nueva generación.
Sumado a eso, con ayuda de hermanos del camino y mi llamado por el conocimiento de uno mismo, agradecí y reconocí lo creado por las generaciones previas para — con propósito y entusiasmo — escribir el siguiente capítulo.
A finales del año pasado, con Raúl Romero (el Zorro plateado), aprendí algo clave que transformó mi perspectiva:
Cuando dejo de sentirme superior a lo que hay, lo que hay se pone mejor.
Cuando acepto y reconozco lo que hay, siempre podré construir más y mejor.
En la realidad es desafiante, frustrante y complejo. De pronto, ya llevó más de 12 años en la empresa. Mi hijo cumplió 2 años en un pestañeo. Nuestro bebé nace en tres meses y, otra vez, me pregunto:
¿Para qué estoy en Metrópoli?
Después de mi primer Burning Man y al finalizar cada edición de Mente al Corazón1 mi propósito y mi misión toman mayor fuerza y claridad.
La claridad pide decisión. La decisión pide compromiso. El compromiso pide entrega. La entrega pide un llamado. El llamado pide congruencia. La congruencia pide recordar. Y el recuerdo eres tú.
Por eso, los últimos meses de 2025 me adentré en mi sombra hasta cuestionarme mi continuidad en la empresa.
¿En Metrópoli está el camino a mi siguiente nivel?
Todos los días en diferentes momentos aparecía la pregunta.
La escribí, la caminé, la medité, la platiqué y me aventuré con ella. Hice de todo y la respuesta nunca llegó.
Un día lo solté.
Días después soñé con mi abuelo y su socio, a quien no conocí.
Me entregaron la respuesta y desaparecieron.
Desperté preguntándome, ¿cómo llevaré esto a la empresa?
En enero tuvimos dos días fuera de CDMX para nuestro KickOff Cultural. Recibí la señal del Gran Mecanismo para sembrar la sabiduría de los abuelos en la cultura de Metrópoli.
Terminamos con un círculo de reconocimiento y agradecimiento que cerró con un mensaje de José Carlos, mi socio, a mí. Nos abrazamos mostrando la fuerza de la unión y después pasé al centro.
Les pedí cerrar los ojos, recordar lo vivido y sintonizar con el momento. La sensación de la brisa del aire y el sol sobre la piel. El sonido del viento en los árboles. La profundidad de una inhalación en la naturaleza.
Respiramos juntos…
Y les conté mi sueño:
“Mis aventuras de los últimos años me han abierto caminos que cuestionan mi propósito aquí. Durante los últimos meses me pregunté todos los días: ¿para qué estoy aquí? Y la respuesta no me llegó.
Hace un mes tuve un sueño con Don Felix Blanco y mi abuelo Miguel. En el sueño sabía que solo responderían una pregunta. Por alguna razón, en lugar de preguntarle a mi abuelo, le pregunté a Don Felix (quien no conocí):
— Ya no sé qué hacer. Se agotó mi creatividad. ¿Cuál es mi siguiente paso y para qué estoy aquí?
Guardo silencio un instante y respondió:
— Si no se divierten no lo van a lograr.
Fue así de claro y desaparecieron.
Ahora, mantengan los ojos cerrados y levanten la mano solo si realmente sienten lo que les voy a preguntar.
— ¿Quién aprendió a divertirse con propósito?”
Poco a poco, las manos se levantaron y renovaron el compromiso con nuestro propósito: Asegurar Momentos de Tranquilidad.
El trabajo no tiene que ser aburrido para comprometerte, impulsar el crecimiento y generar valor. Esos días creamos y vendimos productos, compartimos nuestros miedos, bailamos en la fogata y hasta fútbol jugamos.
Cuando aprendes riéndote y divirtiéndote, se fortalece tu vínculo con el propósito, con tu equipo y tu trabajo toma otro sentido.
Ahora todos en la empresa somos los guardianes del código de los abuelos.
Y entiendo que estoy aquí para divertirme con propósito. No solo en Metrópoli, sino en la vida.
— Miguel
PD: La inmensa mayoría cree que el propósito es marketing. Eso es porque no se conocen a sí mismos. Todos tenemos una misión en la vida y entregarnos a ella es el camino a la libertad.
PD2: Estos +10 años aprendí que la tranquilidad no llega por suerte, se diseña. Eso hacemos en Metrópoli con líderes que construyen empresas con un propósito inquebrantable. Si quieres saber más, responde con la palabra “Tranquilidad”.
Something to think about
“El que juzga la oscuridad del otro no ha entendido nada.”
Mente al Corazón es un retiro (por invitación) entre hombres que abre el camino más difícil y más necesario para el hombre: el camino de la mente al corazón. Lo facilito junto a Don Pepe Ramos y Juan Carlos Torres (Búho).




