La inauguración del mundial que no olvidaré nunca y no es por el fútbol
La vida solo es rica en experiencias
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Hoy te cuento por qué la vida solo es rica en experiencias.
Te aclaro que no estoy en contra del dinero. Al contrario, el dinero es un habilitador de experiencias que, de otra forma, no podríamos vivir.
Una pasa cada cuatro años y está sucediendo en este momento: el Mundial.
¿Voy o no voy?
Y, más importante: ¿con quién voy?
Estar en la inauguración con 80,000 personas, elevando su energía, cantando el Himno Nacional y celebrando un gol con un sentido de pertenencia entre mexicanos que ningún presidente podría lograr; sería inolvidable.
Es una experiencia — literalmente — de una vez en la vida.
Primero pensé en ir con Karla, pero con 37 semanas de embarazo era una locura. Después, pensé en invitar a dos amigos hasta que mi madre me dijo: “Yo quiero ir”.
Con ese comentario puse atención a lo que antes era obvio.
— “Claro, ir con mi mamá será una experiencia inolvidable, y también, un reto para los dos”.
Al invitarla sentí que tomé la decisión correcta para el corazón. No por nada, mis hermanos más cercanos me dicen: “Tu madre es tu gran espejo”.
La verdad es que, por más aventuras de autoconocimiento, la relación que más me ha costado llevar a donde quiero es mi relación con ella.
Así que compartir la experiencia mundialista sería una prueba de autoobservación y una misión heroica, pero no para ella: para mí.
Me prometí observarla y descubrirla. No enjuiciarla. Conectar con su energía y entregarme a la experiencia, porque toda experiencia te da en la medida que tú te das a la experiencia.
Y, como en toda experiencia, la aventura no inició en el Azteca, inició en su primer mensaje:
— “Hijo, no me creo que hayas decidido invitarme. Yo no soy futbolera. De verdad, si quieres, vete con Alan o con Raúl.”
Cuando lo escuché, primero sentí culero.
Pensé: “Qué jodido que mi mamá no siente que realmente quiero ir con ella”.
Después, puse atención y vi lo que realmente tenía frente a mí: la oportunidad de deshacer el nudo de nuestra relación mientras gozamos y celebramos a México inaugurando el Mundial en el Azteca.
¿Qué mejor oportunidad que esa?
Basta con poner atención para ver que el Gran Mecanismo siempre tiene un plan superior.
Los siguientes días, me escribió:
— “Hijo, soñé que estábamos en el Azteca.” “Hijo, compré la playera, una trompeta y una maraca.” “Hijo, no me cabe la emoción de vivirlo juntos.”
En cada mensaje sentí su amor incondicional. Y me repetía como mantra:
“Siéntelo. Conecta. No te cierres. Abre, abre más, abre más el corazón. Hazlo porque el amor no tiene error. Hazlo porque no podrás acompañar a nadie a donde no hayas ido tú antes”.
Finalmente, llegó el día que todo México esperaba desde el 13 de junio de 2018: la Inauguración del Mundial.
Me desperté entusiasmado y comprometido a no tirar la experiencia a la basura con comentarios reactivos, intolerancia o superioridad.
Decidimos ser prácticos y nos fuimos en el transporte que te dejaba frente al Azteca. Empecé a observar, descubrir y describir. Un esfuerzo intencional de no juzgar y no reaccionar.
Al llegar a la fila, su primer comentario fue:
— “¿A poco así de apagado va a estar el ambiente?”
Tocó su trompeta a todo pulmón y con su maraca empezó a gritar: “¡México, México, México!”
Internamente me dije: “Ahora sí cabrón, inicia la misión.”
Fuimos los últimos en subir y nos tocó a un lado de la chofer. Mi mamá no desperdició la oportunidad:
— “Señora, buenos días. Viene muy apagado este camión como para ir al mundial, vamos a poner música para ambientarlo.”
La chofer puso una playlist mexicana para prender el ambiente y nada pasó. Mi mamá no lo podía creer:
¿Cómo vas camino al mundial y hay gente que viene dormida?
Yo seguí observando mis impulsos a reaccionar.
Entonces llegaron minutos de silencio que trajeron una gran revelación.
Me acordé de cuando era niño y me daban risa sus locuras y actitudes. Después, fui puberto y me daban pena ajena. Después, adolescente adulto, y era como: “aquí vamos de nuevo”.
En esos recuerdos conecté los puntos y comprendí que lo que me molestaba no era ella. Era el reflejo del espejo: yo quiero mostrarme, reírme, bailar, gritar y celebrar con la naturalidad que ella lo hace y todavía no puedo.
Aunque ya lo sabía, no lo había comprendido, porque saber y comprender son deportes diferentes.
Fue una epifanía en dirección al partido.
Al llegar, me sentí diferente. Por primera vez, estaba contemplando a mi madre, observándola más allá de mis pensamientos y creencias sobre ella. Quería liberarme y sentir eso que llevo en la sangre y en mi código genético por su herencia.
Adentro del Azteca se escuchaban Los Ángeles Azules y, obviamente, mi mamá se fue al pasillo a bailar animando y contagiando a todos los que pasaban, con su sonrisa y energía.
Desde mi lugar, pasillo y primera fila de sección, la veía y pensaba: qué envidia ser así y no tomarse la vida tan en serio.
Segundos después, a mi derecha en el otro pasillo, se sentó la versión de mi mamá en hombre. No llevaba ni cinco minutos cuando se paró a cantar y bailar, y gritó:
— “¡Pagamos mucho para estar aquí, no se pongan de mamones weyes!”
La inauguración no había empezado y mi mamá y este hombre ya se habían entregado a la experiencia y la experiencia les estaba dando como a nadie.
Contemplándolos comprobé que toda experiencia te da en la misma medida en que tú te das a la experiencia, y decidí unirme a su energía, venciendo todo demonio interno que quisiera impedirme conectar con mi mamá.
También hablamos de mis abuelos y su reciente partida. De mi hijo y la llegada de su hermana/o. De la muerte como maestría para aprender a vivir y de nuestro efímero paso por la vida.
Empezó la inauguración y la impresión del momento me recordó el mensaje de Jesús: el milagro del hombre no es el amor, es compartir el amor.
Se sentó mi mamá junto a mí, la abracé, le di un beso y le dije:
— “Ma, gracias por venir conmigo. Te amo.”
De pronto, ya estaba inmerso en su energía y su actitud.
Cantamos el Himno Nacional junto a 80,000 mujeres, hombres y niños, y nos convertimos todos en la voz del corazón del Azteca. La piel se enchinaba al percibir la unión entre mexicanos. A donde voltearas había personas en lágrimas de gozo y celebración.
Inició el partido y tenía la trompeta en mis pies. Fue una señal y pensé: “Cuando México meta gol, me voy a volver loco.”
Al minuto 9, Quiñones metió el primer gol de México y del mundial, y la trompeta, como el cuerno de Gimli en el Señor de los Anillos, hizo eco por toda nuestra zona.
Abracé a mi nuevo hermano, gritamos, saltamos, nos cayó y aventamos cerveza, y abrazamos a mi mamá. Celebramos la pasión, el orgullo de ser mexicano y el fútbol que tanto me dio para soñar cuando era niño y quería ser como Cristiano.
Llegó el segundo gol y en la celebración pasó por mi mente la imagen de Cristiano, cuando en el video de la FIFA dijo: “Football Unites the World”.
Celebrando y gozando abracé a mi mamá y no solo pensé, sino también sentí:
El fútbol no solo une al mundo. También une a una madre con su hijo y para una madre, su hijo es el mundo.
El árbitro terminó el partido, la voz del corazón del Azteca se escuchó hasta el cielo y yo agradecí comprender una vez más que toda experiencia…
Toda experiencia te da en la misma medida que tú te das a la experiencia.
Y es precisamente por eso que la vida solo es rica en experiencias.
En la noche me fui a ravear a Keinemusik con mis hermanos y en la celebración y baile de un día inolvidable, comprendí la profundidad de lo que viví en el Azteca:
Qué bien se siente entregarse y liberarse al amor de tu mamá.
— Mike
PD: La relación con nuestros padres es determinante en nuestro vínculo con nuestra pareja y nuestros hijos. Toma toda oportunidad, para fortalecer y nutrir tu relación con ellos. Gracias infinitas a mi hermano, el Camello, por conseguirme los boletos para esta experiencia.




