La semana pasada me reuní con mi círculo de hombres.
Días después uno de ellos me preguntó:
— ¿Cómo estás?
— Me siento desubicado. Con mucho encima y poco avance.
— ¿Por qué?
— En la gran perspectiva todo está bien, pero dudo de si lo que estoy haciendo se podrá convertir en lo que quiero.
— ¿Te estás comparando?
— No lo sé, tal vez.
— La comparación es un juego perdedor. No construye. Su opuesto es aprender: si veo verde el jardín de mi vecino, no lo comparo con el mío; pienso cómo hacer mi jardín más verde…
La conversación terminó y, antes de descartar la comparación por sentirme “el muy trabajado”, decidí profundizar en ello.
¿Me estoy comparando? ¿Con quién o con qué?
Los veintes se empezaron a caer.
En 35 años me he comparado hacia arriba cientos o miles de veces, perdiéndome momentos irrepetibles por poner mi atención en el pasto del vecino en lugar de enfocarme en cómo nutrir el mío.
Me acaba de pasar con la entrevista que hice a Sahil Bloom.
Para mí representó sentarme con quien me inspiró a escribir y compartir mis experiencias. Además, es autor de un NYT Bestseller (The 5 Types of Wealth); tengo cero experiencia como entrevistador y fue en inglés.
Durante los dos meses que tardó en publicarse, me sentí pleno y realizado con lo que fue.
Cuando se publicó, tenía una expectativa oculta: views, likes, comentarios, shares y toda métrica que me confirmara que esa conversación llena de Life Wisdom sí tuvo impacto. Y en cuanto me di cuenta de que no se cumpliría la expectativa que no sabía que tenía, menosprecié la experiencia y dejé que perdiera algo de lo que había significado para mí.
Cada día creo más que la vida solo es rica en experiencias, pero saber algo no significa haberlo comprendido.
Cuando sucede un hito en mi historia, soy el primero en no darle su valor y su lugar. Lo minimizo pensando en lo que pude hacer mejor o comparándome con alguien que lleva más camino recorrido, y termino idealizando lo que hacen otros a costa de desvalorizarme a mí.
Además, al compararme, no solo sufro y me escapo de mi vida, sino que lo hago con una imagen incompleta. Me comparo con lo visible: el resultado. En lugar de también compararme con lo invisible: todo lo que hay detrás que ni siquiera sé que no sé.
Es como sentir envidia por alguien.
Si decido clavarme el picahielos y sufrir por envidiar el conocimiento, la empresa o el talento de otro, no puedo envidiar únicamente lo que deseo de esa persona. Debo envidiar la totalidad de su historia de vida: su familia, sus huellas, su oscuridad.
Con esa perspectiva es clarísimo que, cuando no domino mi atención, me ciego a la grandeza de mi vida por compararme o envidiar a otros. Por eso, es invaluable el hermano que te recuerda que está bien mirar el jardín de tu vecino para aprender cómo darle más color, forma y vida al tuyo.
En el fondo, no deseo el jardín de mi vecino. No quiero ser él ni tener su vida. Lo que deseo es aquello con lo que me comparo porque haría de mi jardín una creación más mía. Por eso, descifrada hasta la raíz, la comparación me revela, a través del otro, lo que necesito aprender para construir el jardín que anhelo tener.
Entonces, la próxima vez que me cache comparándome, sé que es humano y que lo voy a sufrir, pero ahora sé que, si descifro lo que hay detrás, encontraré el camino a un nuevo aprendizaje.
¿Y tú te estás comparando?
— Mike
PD: si te perdiste la conversación con Sahil Bloom llena de Life Wisdom, aquí la puedes ver subtitulada.



