Escúchalo narrado por Karla aquí.
Hoy no me vas a leer a mí.
Esta vez este espacio es de la persona más importante de mi vida: mi amada compañera de camino y la madre de mis hijos.
Sin su intuición, su claridad y su confianza, hace cuatro años no me habría presentado al momento más significativo de mi vida: el encuentro con mi llamado interno.
Esa noche la vida cambió para siempre y comprendí que lo más importante no es el camino ni el destino, sino quién te acompaña.
Ella me elige una y otra vez, sin exigirle fruto a mis exploraciones internas. No importa cuál sea mi siguiente aventura ni a dónde me lleve: ella sabe que cuando sigo mi corazón es cuando más vivo me siento, y me acompaña mientras aprendo a Ser.
Sé que soy un hombre exigente y difícil de acompañar y, en la Gran Ceremonia de la vida, ante mis incongruencias y mis errores, ella sostiene el espejo que me muestra que el verdadero maestro es uno mismo.
Esperé años para invitarla aquí, porque quería que la historia fuera profundamente suya. En el acto de elegirse a sí misma, en el fuego de sus contradicciones y en la intranquilidad de escribir un Momento de Tranquilidad.
Te dejo con Karla: una mujer aprendiendo a ser madre por segunda vez sin dejar de ser ella misma.
Solo Dios sabe…
(Escrito mientras amamantaba a mi bebé y terminado el 13 de julio.)
Escribo esto con lágrimas escurriendo de mis ojos.
Lágrimas de amor incondicional, de gozo y de agradecimiento por mis dos hijos y por esta vida tan maravillosa.
Y también de nostalgia, de duelos y de anhelos; de tantas emociones que surgen en esta piel tan viva y desnuda durante el posparto.
Hace 15 días me convertí en mamá por segunda vez.
Una madre con nuevos miedos, nuevos anhelos y nuevos deseos. Con historias que solo existieron en mi mente, antes de vivir otras completamente nuevas.
Todo empezó la semana del 22 de junio de 2026.
Algo comenzó a transformarse. El portal se estaba abriendo y nosotros, aunque lo sabíamos, no alcanzábamos a comprender lo que estaba por llegar.
Mateo, con su profunda sensibilidad, nos marcaba un nuevo ritmo. Miguel y yo sabíamos que estábamos entrando al gran umbral antes de conocer a nuestro bebé.
El viernes 26 de junio me sentí diferente. Algo ya estaba sucediendo en mí. Quería estar en casa, con mi familia, conmigo. Me acompañaba una profunda sensación de estar acercándonos al final.
Ese día, por la tarde, empecé a tener contracciones cada vez más regulares, con una intensidad distinta de la que venía sintiendo. Las dejé fluir y me enfoqué en estar con Mateo.
“Hoy no fue el día”, pensé cuando me fui a dormir esa noche. Pero alrededor de las 3:00 AM, una fuerte contracción me despertó y lo supe:
“Ya comenzó. El portal se abrió. Bebé está por llegar.”
Las contracciones iban y venían a intervalos irregulares: cada 5, 7, 9, 15 o 20 minutos.
Algunas eran soportables; otras me obligaban a parar todo y solo respirar.
Con el portal abierto, sabíamos que eran nuestras últimas horas siendo una familia de tres. Siendo solamente la mamá de Mateo. Siendo esa versión de mí que nunca más regresaría.
Mateo sabía que algo pasaba y no me soltaba. Sentía su caricia, su protección y su ternura. En los espacios entre contracciones, jugábamos, nos abrazábamos, nos despedíamos. Y yo lloraba al agradecer el cierre de ese ciclo.
En algún momento, Mateo y Miguel salieron a caminar y yo me quedé sola.
Ese fue un gran regalo para mí.
Encendí una vela. Me quedé a solas con Dios, con mis guías y maestros, con la Madre. Saqué unas cartas de mi oráculo, Voces del Universo Mágico, y me entregué al Gran Misterio.
Agradecí a mi bebé por permitirme ser su guardiana y su sostén durante esos nueve meses. Le di la bienvenida con el corazón abierto y más desnuda que nunca. Lista para su llegada y para nuestro renacer.
Sentí una presencia que rozaba y abrazaba mi piel. Supe que estaba sostenida. Lloré y me despedí de la versión de mí que estaba muriendo.
Y me rendí al proceso.
Porque al final… solo Dios sabe.
Dormí la siesta con Mateo. Sentía cómo nuestras respiraciones se sincronizaban y se convertían en una sola. Me quedé con él todo lo que pude, hasta que las contracciones me obligaron a danzar con ellas.
Llegaron mis papás. Mi mamá me daba masajes para navegar la intensidad de las olas. Mi papá me cuidaba con la presencia de su mirada. Hasta que las olas crecieron y, 15 horas después de la primera contracción, llegó el momento de irnos al hospital.
Llegaron mis suegros y, con ellos, estuvieron presentes nuestros dos linajes. Nuestros padres. Nuestro hijo. Nosotros. Nos despedimos en total intimidad, sabiendo que el ciclo de la familia de tres terminaba y abriendo espacio para regresar siendo una familia de cuatro.
Abrazamos a Mateo y, por última vez, lo vimos siendo hijo único.
Y él, con su sonrisa, su energía y esa manera tan suya de iluminarlo todo, nos dio su bendición.
De camino al hospital, en el coche escuchamos el mantra que me acompañó todo el embarazo, abriendo mi corazón y regresándome al centro.
“Om bhur bhuvah svaha
tat savitur varenyam
bhargo devasya dhimahi
dhiyo yonah prachodayat”.
“Meditemos en el esplendor del Creador divino, el dador de vida, la fuente de luz y sabiduría. Que ilumine nuestro intelecto y guíe nuestro camino”.
Con ayuda de nuestra bella doula, Vania, transformamos la habitación del hospital. Bajamos las luces y creamos el altar que nos acompañaría durante las siguientes horas.
Llegué con cinco centímetros de dilatación; estaba a la mitad del camino. Las olas se intensificaban cada vez más, pero sentía que todavía podía continuar sin anestesia, así que decidí seguir.
Me apoyé en Miguel y Vania. En la pelota, las respiraciones, los aceites esenciales, la música y el movimiento.
Llegó un momento en el que solo necesitaba permitirme sentir y entregar mi cuerpo al proceso. Visualizar lo que estaba sucediendo dentro de mí. Imaginar a mi bebé haciendo su camino.
Confiar en Dios.
Y, sobre todo:
CONFIAR EN MÍ.
Me bañé con agua caliente y eso me devolvió fuerzas para continuar. Recuerdo cómo el agua me limpiaba de todo aquello que ya no servía y me impedía seguir avanzando.
Así que, en la oscuridad, entre velas y agua, continué fluyendo.
Al salir de la regadera, se rompió mi fuente. El agua llamando al agua. El parto continuaba. Como un río que sigue su cauce a pesar de cualquier tormenta.
En cuestión de minutos, todo se volvió mucho más intenso. Ya tenía ocho centímetros de dilatación. Lo que me había funcionado ya no era suficiente y mi mente empezó a volar.
“No puedo más. Necesito que me pongan la anestesia ya.”
Sentí que pasó una hora antes de que finalmente me la pusieran. Esa fue la parte más compleja y retadora del parto. Estar acostada en posición fetal, en medio de contracciones intensísimas, sin poder moverme un centímetro mientras me ponían la epidural…
En ese momento Miguel fue mi fuerza y me entregué completamente a él.
Después llegó la calma. Como el mar después de una gran tormenta. Todo se sentía diferente. Una pausa antes del último umbral.
“Ya tienes nueve centímetros”, dijo Pepe Smeke, mi ginecólogo.
Ahora sí. Estaba a solo UN centímetro, pero todavía faltaba atravesar algo. En mi primer parto descubrí que la anestesia me detona taquicardia y, con ella, ansiedad y miedo a la muerte.
La ansiedad es parte de lo que vine a trabajar en esta vida. Y este trabajo de parto también me puso frente a ella:
Tenía que “morir” para renacer junto con mi bebé.
La anestesia me hizo efecto solo de un lado. Del otro lado sentía todo. Cuando ajustaron la dosis, llegaron el dolor de cabeza, la taquicardia, la falta de aire y, con ellos, la certeza de que me moría.
Miguel y mi equipo me monitoreaban para asegurarse de que estuviera bien. Y sí, todo estaba “bien”. Hasta que entendí algo:
Estaba muriendo una versión de mí para convertirme en madre por segunda vez.
Mi cuerpo estaba totalmente abierto a la llegada de una nueva vida y tenía que cruzar ese umbral para encontrarme con mi bebé. Pero cruzarlo también significaba atravesar mi propia historia. Mis miedos. Las memorias que guarda mi cuerpo. Y entonces me di cuenta:
Lo que realmente estaba viviendo era uno de los momentos más sagrados, bellos y luminosos de mi vida. Estaba trayendo al mundo a un ser humano y me entregué al proceso.
Me puse de pie y me pasé a la silla maya. Ahí sentí las ganas de pujar y traer a la vida a mi bebé.
“Ya tienes diez centímetros. Nos vamos a la sala de expulsión”, escuché decir a Pepe.
Me pasaron a una camilla y nos fuimos. Ya habían pasado 22 horas desde mi primera contracción. Estaba a nada de conocer a mi bebé. En la sala de expulsión escuché:
“En la siguiente contracción vas a pujar con todas tus fuerzas”.
Me enfoqué en recordar todo lo que Grecia, de Centro Sacre, me había enseñado durante mis sesiones de piso pélvico.
Llegaba una contracción y pujaba con toda la fuerza y presencia que me quedaban. A veces me pedían que hiciera más fuerza o que modificara mi respiración; otras, me decían que lo estaba haciendo muy bien.
Y en medio de ese oleaje volvieron a aparecer estas voces en mi mente:
“¿Y qué tal que no lo logras y otra vez terminas en una cesárea?”
“No lo estás haciendo bien, no vas a poder”.
“Nunca va a salir. Tu cuerpo no es capaz y no aprendiste nada”.
Pero ahí estaban también las otras voces.
Mi querida pediatra, Ale Prian, sonriéndome y diciéndome:
“Lo estás haciendo increíble. Entrégate al momento, que solo pasa una vez en la vida”.
Vania, a mi lado, echándome porras. Pepe, confiando en mí desde el primer momento de este embarazo y alentándome a lograrlo.
Y, sobre todo, Miguel.
Mi compañero y mi sostén.
El hombre que siempre creyó que yo podía hacerlo, incluso en los momentos en que yo misma dudaba. Me acompañó segundo a segundo e incluso puso la música perfecta para inspirarme y convertir ese momento en algo todavía más sagrado.
Después de un lapso que se sintió como una eternidad, y de volver a sentir que “me les iba”, escuché:
“Un pujo más y conocerás a tu bebé”.
Recuerdo cerrar los ojos, sentirme cerquita de Dios, hablarle a mi bebé y decirle:
“Estoy lista para conocerte y amarte por siempre”.
Segundos después escuché su llanto por primera vez. Me sentía en otra dimensión. No podía comprender lo que acababa de suceder. Volteé a ver a Miguel y su cara se iluminó.
Nunca voy a olvidar esa sonrisa.
Entre lágrimas me dijo:
“Es niño. ¡Es un niño!”
Yo estaba en shock absoluto. Por todo lo vivido. Porque lo había logrado. Y también porque había llegado otro niño a nuestra vida. Entonces sentí a mi bebé sobre mi pecho. Su piel contra la mía. Por fin estaba aquí. Conmigo.
Necesitaba comprobar con mis propios ojos que realmente era niño.
Lo miré.
Y sí.
Tenía OTRO NIÑO.
No podía creer todo lo que mi cuerpo había sido capaz de hacer. Crear. Sostener. Abrirse.
DAR VIDA.
Mi bebé había salido de mí.
Es la sensación más surreal y maravillosa que he vivido.
Y, junto con todo eso, llegó la certeza de haberlo logrado. De haber confiado en mí. De haber atravesado mis pensamientos sin dejar que mis miedos decidieran por mí.
Solo podía pensar una cosa:
“Puedo lograrlo todo en la vida”.
Nueve meses sin saber el sexo de nuestro bebé. Nueve meses amándolo así. Sin ponerle un género. Sin un nombre. Amándolo simplemente por existir. Logré un parto vaginal después de una cesárea. Estábamos sanos y era niño.
Después me sacudió algo más. Dos realidades sucedían al mismo tiempo: el hijo que ya amaba estaba en mis brazos y, en mi mente, seguía viva la hija con la que había creado tantas historias. Durante nueve meses viví las dos, y en el instante en que escuché “es niño”, la historia de la niña que llevé dentro de mí se esfumó.
Amé y amo a mi hijo desde el primer segundo. No lo cambiaría por nada. Es perfecto para mí y para nuestra familia. Y también todo eso coexiste con un duelo.
Un duelo que muchos sentimos de otras maneras y que nos cuesta mucho trabajo nombrar. Aparece cuando comprendes que ciertos deseos que vivieron dentro de tu mente no van a suceder. Al menos no ahora o no de esa manera. Que esa historia, esa posibilidad, esa niña que imaginaste no está ahí.
Se queman pensamientos que la mente llegó a experimentar casi como una realidad. Y aparece también la posibilidad de que quizá nunca tenga una hija en esta vida.
Duele despedirse de historias que existieron en lo más profundo de nosotros. Y es todavía más complejo cuando esa tristeza coexiste con un amor incondicional por la persona que acaba de llegar a tu vida.
¿Cómo cohabitan la tristeza y la felicidad al mismo tiempo? ¿Cómo les damos espacio a las dos? ¿Cómo permitimos que cada una encuentre su propia forma de existir?
En esa danza me encontré durante los primeros días del posparto.
Un amor, una felicidad y una gratitud indescriptibles. Y también resistencia y tristeza habitando mi cuerpo.
Todo coexistiendo.
Y sí.
Hoy entiendo que este parto no se trató de lograr un parto vaginal después de una cesárea. Siempre pensé que me estaba preparando para parir, pero me estaba preparando para transformarme.
Trabajé mi piso pélvico. Me moví, respiré, estudié, visualicé, medité y repetí mantras. Aprendí a reconocer mis miedos y a platicar con mi mente, que tantas veces intenta convencerme de que no puedo.
Deseé profundamente vivir esta experiencia y, para lograrlo, fue necesario aprender a rendirme.
Porque hay una parte de la vida que podemos trabajar, construir, imaginar y sostener con todas nuestras fuerzas. Y hay otra que simplemente no nos pertenece.
Podía preparar mi cuerpo, pero no podía obligarlo a parir. Podía desear profundamente un parto vaginal, pero no podía controlar cómo terminaría mi historia. Podía imaginar durante nueve meses a una niña, pero no podía decidir quién era el ser que venía hacia nosotros.
Podía hacer todo lo que estuviera en mis manos… solo para después soltar y confiar.
Mi parto no fue una batalla contra mi cesárea anterior. No necesitaba demostrar que mi cuerpo sí podía. Mi cesárea no se convirtió en un fracaso por este parto, ni este parto convirtió mi cuerpo en algo más poderoso de lo que ya era.
Esta vez yo quería vivir algo diferente. Lo deseaba con una fuerza que todavía me cuesta explicar. Creo que es lo que Miguel llama el “llamado interno”.
Y tuve la fortuna de encontrarme con Vania, Ale, Grecia y Pepe: personas que creyeron en mí desde el día uno, me acompañaron con las palabras correctas, me ayudaron a preparar mi cuerpo y me sostuvieron en los momentos más desafiantes. Y nuestros dos linajes, abriendo espacio para recibir a un nuevo integrante.
Miguel, mi compañero dentro de ese portal. Él me sostuvo y me recordó quién era yo cuando, por momentos, yo misma lo olvidaba.
Y mi bebé.
Porque esta historia es de los dos. Él hizo este viaje conmigo.
Mientras yo respiraba, él descendía. Mientras yo abría mi cuerpo, él buscaba su camino. Mientras yo atravesaba mis miedos, él atravesaba el canal de parto.
Hasta que finalmente nos encontramos. Yo renaciendo como su madre. Y él naciendo como Mikel.
Mikel, el niño que durante nueve meses no tuvo nombre ni género dentro de nuestra historia.
El niño que llegó a quemar una historia que yo escribí en mi cabeza para regalarme otra que jamás habría podido imaginar.
Durante algunos días pensé que tenía que elegir entre agradecer profundamente al hijo que había llegado o llorar a la hija que alguna vez imaginé.
Hoy sé que no. Puedo hacer las dos cosas. Puedo amar infinitamente a Mikel y despedirme de esa niña que imaginé. Puedo sentir gratitud y nostalgia. Puedo estar profundamente feliz y seguir habitando pequeños duelos. Puedo sostener dos verdades que parecen opuestas dentro del mismo corazón.
Quizá eso también sea convertirse en madre una y otra vez:
Crear tanto espacio dentro de una que pueda caber todo.
Hoy veo a Mikel y sé que llegó ÉL. Con su presencia, su energía y su historia. No somos la misma familia con una persona más. Somos una familia nueva. Ahora somos cuatro.
Y cuando alguien me pregunta: “¿Cómo lograste un parto vaginal después de una cesárea?” Podría hablar horas de todas las decisiones que tomé, pero para mí no existe una fórmula para parir.
Un parto vaginal no hace a una mujer más poderosa. Una cesárea no la hace menos capaz.
Hay cosas para las que podemos prepararnos y hay otras que ningún mantra, respiración, ejercicio ni deseo pueden controlar. Mi historia fue esta y no la comparto para que se convierta en la medida con la que otra mujer juzgue la suya.
Mi preparación me llevó hasta el límite de mi propio ser y, cuando ya no pude controlar nada más, pude hacer algo que la vida me ha exigido durante muchos años:
CONFIAR.
Mikel me enseñó que no puedo controlarlo todo en la vida. No puedo decidir cómo serán mis partos, quiénes serán mis hijos, qué historias se quedarán y cuáles tendrán que morir. Pero ahora sí sé algo: puedo atravesar cualquier umbral.
Puedo prepararme, pedir ayuda, tener miedo, confiar y decidir seguir. Puedo despedirme de una historia y amar profundamente a otra. Puedo llegar hasta el borde de lo conocido y dar un paso hacia lo desconocido.
Este parto no vino a demostrarme que podía parir. Vino a recordarme quién soy cuando suelto y me entrego profundamente a la vida.
Hace 15 días nació Mikel y comprendí que la vida rara vez sucede como la imaginamos: sucede más extraña, más bella, más inesperada y más perfecta de lo que la mente habría podido imaginar.
Por eso hay historias que no nos corresponde decidir. Nos corresponde prepararnos. Estar presentes. Atravesarlas.
Y, cuando llegue el momento, abrir las manos y recibir a quien o a aquello que venga hacia nosotros.
Porque al final…
Solo Dios sabe. 🩵
— Karla
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